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Adaptación de Francisco Rojas Gonzales y Leonora Carrington.

  • Mariana Alarcón
  • 2 dic 2019
  • 4 min de lectura

Adaptación de “La parábola del joven tuerto” (1952) de Francisco Rojas Gonzales y “La debutante” (1978) de Leonora Carrington.


Hoy fue un día de lo más extraño, a pesar de solo tener un ojo muchas veces logro ver cosas que otros no pueden, mi abuela siempre me ha dicho que Dios me dio un solo ojo, pero me dio un sexto sentido para ver y escuchar cosas que otros ignoran o pasan por desapercibido.


Me encontraba repartiendo las verduras a las casas del vecindario, como todos los días, escuchando cómo los niños del vecindario al unísono vociferaban:


– Ahí va el tuerto… el tuerto … el tuerto…


A lo que la gente que pasaba por ahí reaccionaba con risas, mientras me lanzaban miradas de burla y desprecio.


La mayoría de la gente del vecindario me conoce, algunos se burlan de mí y otros son amables conmigo, más por lástima que por gusto. Pero hay una casa en especial donde me gusta ir. Se encuentra casi al final del vecindario, en una zona solitaria y poco transitada.

Matilda, la señora de la casa, siempre me ofrece una limonada bien fría perfecta para estos días de verano, por lo que hoy decidí dejar esa casa para el final, para así poder relajarme y platicar un rato con Matilda como normalmente lo hago.


En mi camino hacia casa de Matilda me encontré a Jacinta, una anciana que siempre comparte los chismes y noticias a lo largo del vecindario.


– ¿Ya te enteraste? – me pregunta Jacinta.

– ¡No! ¿Ahora qué noticia tienes? – respondo, con la gran curiosidad que me causan siempre las noticias de Jacinta.

– ¡Hay una hiena suelta en la ciudad! – responde Jacinta, con un tono alarmado propio de ella.

– ¿Una hiena? ¿En la ciudad? No creo que eso sea verdad, seguramente el que te contó eso quiso jugarte una broma. Tú no te preocupes Jacinta, que aquí las únicas hienas son las personas del vecindario. – respondo, intentando tranquilizar a Jacinta, que muchas veces confunde lo que la gente le cuenta y se crea sus propias versiones de la historia.


Después de ese encuentro, me siento un poco preocupado por Jacinta, quien muchas veces se deja llevar por el pánico de situaciones que ella misma crea y que la han llevado a tener dos infartos a lo largo del año.


Estaba anocheciendo cuando llegue a la casa de Matilda, extrañamente la puerta se encontraba abierta, cosa nada propia de Matilda, quien siempre es muy cuidadosa con la seguridad de su hogar. Toqué el timbre y nadie respondió, por lo que decidí entrar a ver si todo estaba en orden, tal vez se habían metido a robar o tal vez Matilda había tenido un accidente… Me imaginé todos los escenarios negativos posibles mientras entraba a la casa, completamente obscura por dentro, de donde me llegaba una fría corriente de aire.


Al entrar percibí un fuerte olor, no logré identificarlo por completo, era más bien una combinación entre un olor rancio y fétido, como el que se percibe en la jaula de un zoológico.


– ¿Hay alguien ahí? – pregunté, mientras me adentraba en la oscuridad de la casa.

No hubo ninguna respuesta…

Seguí caminando y vi una silueta a lo lejos, esa no era la silueta de Matilda, ni la de un ladrón, ni la de un humano…

– ¿Quién eres? – pregunté, sintiendo un miedo que me recorría todo el cuerpo.

– Ahora soy Matilda, pero puedo ser quien tú quieras y ni siquiera notarás la diferencia– respondió la criatura, con una voz grave y ronca que no logré reconocer.


Me acerqué a aquella silueta, el hedor iba aumentando mientras más me acercaba, poco a poco fui identificando aquella criatura, hasta caer en cuenta que era una hiena. «Jacinta tenía razón», pensé. La criatura volteó hacia mí, su rostro no era el de una hiena, sino la cara de Matilda, llevaba puesto un vestido rojo y tacones, en aquel momento no vi nada raro en eso, más bien estaba cautivado por el gran parecido que tenía esa hiena con Matilda.

Tanto, que, al mirarla fijamente, podría haber jurado que esa hiena era realmente Matilda.


– ¿Ahora entiendes lo que te decía? – preguntó la hiena, ahora con una voz que en ese momento pude haber jurado que era la de Matilda.

– ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Qué le hiciste a Matilda? – pregunté, con una conmoción cada vez mayor.

– Solo puedo decirte que Matilda como tú la conoces ya no existe, pero como ya te he dicho, puedo ser quien tú quieras, solo necesito su cara…


No respondí nada más a la hiena y salí asustado y confundido de casa de Matilda, pero más que asustado estaba impresionado por cómo una hiena podía tener un parecido tan exacto a mi amiga Matilda. Me siento triste por mi amiga Matilda, pero gracias a ella pude descubrir a esa escalofriante pero a la vez intrigante hiena, mientras tanto seguiré pensando como utilizar su talento a mi favor…




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