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Cielo de polvo

  • Foto del escritor: Julio E. Tinoco
    Julio E. Tinoco
  • 1 dic 2019
  • 2 min de lectura

Actualizado: 4 dic 2019

Ésta ya no es la más región más transparente del aire, el polvo de la tierra estremecida se levanta ahora sobre ella.


La una con catorce. El piso comienza a sacudirse y se vuelve remolino; las paredes se desmoronan sobre el fondo violento de la alerta sísmica. Las columnas se quiebran y el techo cae sobre nosotros.


El arrullo de este río murmuroso de piedras, vidrios rotos, varillas retorcidas y cemento desintegrado me lleva corriente abajo hasta caer en un abismo de obscuridad y silencio que está sediento de mí.


Al principio todo en mí es instinto, desesperación. Intento moverme, pedir ayuda; pero el grito sin eco se diluye, se diluye, se diluye…


Confusión es lo único que hay, miedo, angustia por saber que no estoy sepultado. Pero sí lo estoy, soy súbita soledad impuesta en esta alcoba fría y estéril. Mi cuerpo yace bajo el peso aplastante de lo que hace tres minutos eran mis planes, mis deseos, mi vida entera.


Con las horas, mi cuerpo será una masa decrépita de piel grisácea y extremidades rotas, adherida a los escombros. Afuera: sirenas, caos, palas, picos, manos incesantes que remueven los escombros.


De pronto, alguien me encuentra. Yo no estoy consciente; pero reaniman mi corazón. El aire fresco entra de nuevo en mis pulmones y por un momento soy el triunfo de los rescatistas. Pero regresar es imposible. Hoy despierto de este sueño que llamaba vida.


En los días posteriores, el dolor por el amigo fallecido, el llanto, las pesadillas y el insomnio. Al fin, el vacío de estar en otro tiempo sin significado. Contemplar absorto como demuelen mi universidad, mi colonia, mi ciudad.


Y entonces me doy cuenta de que han reanimado mi cuerpo; pero mi alma sigue ahí, atrapada en espera de que el cuerpo abrace el vacío que la libere.


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