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Amor Azogado

  • Foto del escritor: Julio E. Tinoco
    Julio E. Tinoco
  • 2 dic 2019
  • 2 min de lectura

Actualizado: 4 dic 2019

Soy un espejo, no conozco mi edad, ni cómo o para qué fui creado. Ni siquiera podría decir que existo sino fuera porque me he enamorado de Lucía. Todos los días, antes de irse, ella se para frente a mí, me mira dubitativa con sus ojazos relumbrantes. Ensaya su mirada, desde los matices profundos hasta los repasos superficiales. Acomoda su pelo pasando las manos entre los mechones castaños que coronan su altivez.


Lucía suspira y frunce los labios como si estuviera a punto de decir algo, de compartirme algún secreto. Pero no dice nada. La frialdad de su trato se corresponde con la de mi ser. Soy sólo un fragmento de vidrio fijo en el corredor de la su casa.


Algunas veces quisiera que al menos pudiera verme a mí y no a ella, reconociera que existo detrás del reflejo de su imagen; otras, quisiera lo contrario porque así puedo estar seguro de algo: que Lucía me ama. El amor en un espejismo. Es frecuente que el que ama no vea sino sus propios deseos, que no conozca sino la proyección de sus anhelos. Y Lucía nunca me mira a mí, se mira a ella, por eso sé que ama. Pero, por la misma razón, a veces pienso que tal vez sea yo quien no comprende lo que pasa. Tal vez sea Lucía quien no existe. Incapaz de ver más allá de lo que quiero no reconozco a la verdadera Lucía.


Los días en los que dudo del amor de Lucía, del mío por ella y sobre la existencia de ambos, me es casi imposible dormir y cuando al fin lo hago, entre sueños, me digo a mí mismo que en un mundo de ilusiones tal vez sea la muerte la única certeza. No entiendo nada, parece que este terrible encierro es el único en el que podría estar vivo, aunque solo encuentre en él mi amarga muerte de azogue.




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