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De aquí para allá

  • Judith López
  • 2 dic 2019
  • 3 min de lectura

-Poco a poco a todos nos llega el momento de partir.

-Calla, Miriam, que bien sabes no es el momento de decir cosas así.

-Es verdad, aunque también es verdad que de cuatro personas que nos criaron sólo quedan dos.

-Lo sé, pero ahora no es momento de pensar en eso, sino en brindarle confort a nuestra prima, pues perder a un padre no es fácil y lo sabes.

-Tienes razón, lo siento. ¡Eh, mira! Ha llegado la tía Delia, ¿por qué habrá venido?

-Treinta años de casados se dicen fácil, pero no lo son. Era seguro que vendría, ¿qué no?

-Con treinta años de casados seguro que sí, pero también se separaron hace cuatro. Eso es lo que me desconcierta.

-Eso no quita todo el tiempo que pasaron juntos, ya sabes, son de otra generación. Ah, y es el padre de sus hijas, por si lo habías olvidado.

-Bah, qué más da, pero está bien, dejaré de estar hablando de ellos, al menos mientras estemos aquí.

-Pero qué detalle, justamente ahora que viene para acá la tía.

Los pasos lentos y pesados de la mujer que portaba pantalón y suéter negro, se acercaban al par de señoras, hasta quedar a su lado para tomar asiento.

-Vaya, hace mucho que no las veía, qué tristeza que nos reencontremos en esta situación.

-Lo sé, tía, ha pasado tanto tiempo. ¿Cómo estás?

-Es muy impactante. A pesar de ser cinco años mayor que yo, nunca creí que esto pasara tan pronto.

-Seguro que no dijo eso cuando pensó en el testamento...-susurró Miriam a su prima, mientras ésta le apretaba la mano para que callara.

-Claro, nadie esperaba que él se fuera el mismo año que su hermana.

-Tienes razón, tu madre también partió este año. Cómo lo siento.

Marcela asintió en modo de agradecimiento y las tres mujeres permanecieron en silencio un rato hasta la hora de la merienda.

-Bueno, niñas, ya me voy. Estar aquí todo el día me ha agotado y ya no tengo la misma condición.

-Podemos llevarte, ¿dónde te estás quedando?

-En casa de Irene, es muy buen detalle que a pesar de haber apoyado a su padre después de nuestro divorcio, haya aceptado a que me quede ahí estos días.

-Sí que lo es, además son familia. Te llevamos, sólo vamos por nuestras cosas.

-No, no, veré si puedo tomar un taxi. No me siento bien y sería bueno que acompañaran a Irene un rato más, en lo que todos se van.

-De acuerdo. Nos quedamos sin problema alguno- dijo Miriam mientras se acomodaba en el sillón que la había cargado ya por más de seis horas.

-¿Segura, tía? No tenemos problema alguno en llevarte.

-Dijo que prefiere ir sola...

-¡Shh! Podemos llevarla y regresar aquí. Nos vendría bien un poco de aire, además de acompañarla ya que se siente mal.

-En verdad no es necesario. Sólo me siento algo abrumada y con una ligera presión en el pecho. Es todo lo emocional y quisiera un tiempo para mí.

-De acuerdo, entonces nos vemos mañana.

Al día siguiente cuando las primas llegaron a la funeraria para ver cómo seguía Irene por el descenso de su padre, encontraron las puertas cerradas y a tres personas más afuera.

-Seguro que está exhausta y se quedó dormida.

-Qué extraño, su esposo la habría despertado, ¿no crees? Él siempre se levanta temprano.

-Intentaré llamarle. Igual y ya no quisieron que viniera la gente hoy.

Después de unos minutos al teléfono, Marcela, atónita y con la tez pálida, voltea con su prima para darle la noticia que acababa de recibir.

-Tenías razón, se les hizo tarde.

-¿Y entonces por qué tienes esa cara?

-La tía falleció hace tres meses. No nos contó en ese momento porque ni siquiera ella fue a su funeral por la discusión de hace años.

-¿Pero cómo si ayer hablamos con ella?

-Tampoco puedo entenderlo.

-Bueno, pues de una cosa sí estamos seguras. Todos se están yendo.



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