Gusano de seda
- Sameer Páez
- 3 dic 2019
- 2 min de lectura
Cansado de ser un animal rastrero más, el gusano se puso a admirar las virtudes de sus vecinas mariposas, caracoles, catarinas, hormigas, chinches y cuanta cosa volara, se arrastrara o anduviera en sus vecindario; de tantas hormigas observar no encontró más virtud que su organización a la hora de trabajar y como el gusano era un ser solitario perdió total interés.
Después se percató de un caracol no muy lejos de él, había estado todo el día ahí y aunque se estaba moviendo, pasó desapercibido debido a su lenta forma de vivir. A pesar de que buscó y buscó, analizó y analizó, no encontró más que disolución y se dio cuenta de que hay vidas peores que la suya, por lo que lo descartó como opción.
Al poco rato dos mariposas revolotearon frente a sus narices, pasaron tan cerca que lo dejaron cubierto de ese polvo misterioso que cubre sus alas; ni cuenta se dieron de la molestia causada al gusano porque se iban cortejando una a la otra. Después de el episodio de coraje, el gusano notó la libertad que las mariposas gozaban al poder elevarse del suelo e ir a donde sus antenas las manden. Llegó el punto en el que el gusano se convenció de que las mariposas eran el animal en que se quería convertir, lo impredecible en su vuelo, la finura de sus facciones, no le convencía de toda la gama de sus colores, pero era algo con lo que podía vivir.
Justo a punto de llevar a cabo su metódico plan, las criaturas revoloteantes fueron a parar en una pegajosa y traicionera red; fue ahí cuando encontró al insecto por excelencia, la araña, elegante, calculadora, cuidadosa, paciente en un rincón a que una pobre alma desprevenida se ofrezca a alimentarla, entonces el gusano secuestró a la araña, separó quirúrgicamente el abdomen del propio cuerpo. Así concluyó su metamorfosis y desde ese momento se dedicó a colgarse de los árboles, descendiendo con la elegancia que aprendió del arácnido, presumiéndole a sus compañeros su nueva adquisición.




Comentarios