Pastel de cumpleaños
- Judith López
- 2 dic 2019
- 1 min de lectura
Después de diez años de matrimonio entre mi hija y su esposo al fin podré ganarle a Ofelia con sus famosas tartas de fruta y merengue. La nena de apenas tres añitos ya puede comer todo, y nada mejor que un esponjoso y dulce pastel que todo mi pueblo adora. Tras visitar el gallinero y salir con dos piezas de oro, sólo falta la cosecha de una jugosa y anaranjada esfera de dulzor. La temperatura necesaria ha estado lista desde la primera vez en que vi a esa niña recién nacida, pues con la chispa de alegría que provoca el mirarla, la casa entera se llena con su calidez.
Una vez bien mezclado el oro, las sonrisas y las tersas miradas, se encera el molde con mucho cuidado tal y como la primera vez que la cargué buscando la mejor postura para evitar lastimar su pequeña mollera.
Pasados unos meses dentro de aquel ambiente cálido y hermético, está lista para salir y comenzar con el festín.
Una pequeña vela se coloca y enciende su esperanza de resaltar, una vez más, esperando destacad entre rodajas rojas, verdes y amarillas cubiertas por una blanca y sobrepoblada niebla.
Un viento débil y alegre apa la vela, seguida de una risa y vítores que lejos de anunciar mi derrota, indica la victoria desde que aquel angelito llegó a estas cuatro paredes.




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