top of page
Secciones: Blog2

Transición

  • Judith López
  • 2 dic 2019
  • 7 min de lectura

Aun con los ojos cerrados, puedo saber que ya son las nueve de la mañana, pues las rendijas de las cortinas que siempre mantengo intactas permiten el paso exacto de los rayos de luz cuando el sol alcanza la altura de mi ventana. Desde niño nunca usé una alarma, sino que establecí mis horarios con base en los fenómenos naturales. Mis gustos por la naturaleza y una vida sencilla me han llevado a fijarme en cada cambio en los alrededores de mi hogar sin importar qué tan pequeño o insignificante para otros puede ser.

Me levanto de la cama para dirigirme al baño y lavarme los dientes. El tubo de la pasta dental se encuentra fuera de su lugar habitual, pero no me sorprende ya que mi hermano mayor tiene la costumbre de entrar a mi cuarto y utilizar mis cosas.

Una vez que terminé mi rutina de higiene para iniciar el día, salgo de mi habitación para bajar las escaleras y encontrarme con mi madre para desayunar antes de partir en búsqueda de flores silvestres para mi álbum de este otoño. Llego a los pies de la escalera y me sorprendo de no encontrar el aroma amargo y penetrante de los granos de café recién tostados ni  el del tocino con el que siempre acompañamos los huevos fritos. Entro a la cocina pero está completamente sola. Quizá aún no despierta nadie en casa. No es usual, pero después de tantos pedidos de pays que ha tenido mi madre por la temporada de calabazas es normal que esté cansada y necesite descansar un más de lo normal. Preparo el desayuno usual esperando a que mi madre o mi hermano bajen por el delicioso aroma, pero eso no pasa. Las manecillas del reloj marcan las diez en punto y aún no hay rastro alguno de su actividad, por lo que decido ir a echar un vistazo a sus recámaras.

Llego al cuarto de mi madre y toco la puerta, pero no hay respuesta, así que decido abrirla un poco. Por la pequeña abertura logro ver su cama intacta. Abro el resto de la puerta y quedo impresionado de que todo sigue tal como la noche anterior. El correo y periódico de ayer que dejé a los pies de su cama continúa en el mismo sitio. La llamo, pero no hay repuesta. Corro al cuarto de mi hermano en caso de que él sepa algo, pero en cuanto abro la puerta de su habitación me encuentro con la misma situación. Ninguno se encuentra en casa y eso ya es demasiado extraño pues tenemos una rutina completamente establecida y nos contamos cuando llegaremos tarde o pasaremos la noche fuera de casa.

Recorro la casa de inicio a fin pero el resultado es el mismo, por más que los llamo no sirve. Salgo de la casa para acudir en busca de ayuda de la señora Rosa. De los quince años que he vivido, Rosa ha estado presente en todos ellos e incluso podría considerarla como mi segunda madre puesto que ella me cuidó los primeros años mientras mi madre trabajaba en una tienda en el centro del pueblo. Llamo varias veces a la puerta de mi vecina pero tampoco hay respuesta. Tratando de encontrar una justificación a todo lo que ocurre, recorro mi vecindario y me perturba la gran calma que encuentro. El silencio abarca todo lo que el sol toca y la ausencia de las personas se nota cada vez más conforme avanzo entre las calles. No hay rastro alguno de los repartidores del periódico, de los autobuses escolares o de los autos de quienes trabajan en el centro adentrarse en la autopista. Todo está completamente vacío.

Regreso a casa para llamar a mi abuela en Arizona e intentar conseguir ayuda, pero aun cuando de ella sí obtengo respuesta en el teléfono, no tiene idea alguna de lo que puede estar pasando. Dice que vendrá, pero no quiero meterla en esta situación o ponerla en, por lo que le digo que estaré bien y la mantendré informada de lo que suceda. Una vez terminada la llamada, salgo de nuevo en búsqueda de posibles respuestas. Tomo mi bicicleta y me dirijo al centro.

Durante el trayecto me encuentro con la misma soledad y silencio de antes, salvo porque ahora puedo escuchar más ruidos de la naturaleza. Las aves que vuelan sobre el pueblo cantan unos a otros y el viento mueve las hojas naranjas de la estación. No me sorprende que al llegar al centro me encuentro con la situación de mi vecindario. Todos los locales se encuentran cerrados y las calles completamente solas, como si el pueblo fue abandonado.

Prosigo con la búsqueda de ayuda pero la situación no mejora, por lo que me muevo a la estación de autobuses para buscar una opción de salir y viajar con mi abuela, pero tampoco está en servicio. Fuerzo la entrada y camino hasta el área de llegadas, donde me siento en una banca para esperar el siguiente camión que llegue y de esta manera tener una opción de ayuda. Normalmente al mediodía llega un camión que hace conexión con otro rumbo a Phoenix, pero hoy rompe con esa rutina. Cansado de estar sentado y desesperado por la gran incertidumbre, me levanto y voy al área de seguridad y vigilancia. Nuevamente fuerzo la entrada, pues dudo que le moleste a alguien al menos por ahora. La fuente de luz continúa en orden, por lo que los monitores y cámaras siguen trabajando en el monitoreo de la estación. Sin saber con certeza qué estoy haciendo, busco la base de donde se encuentren guardados los videos del último mes. Al encontrar el mes en curso, selecciono la semana pasada y busco los videos de los últimos dos días. En el primero todo se ve en orden, personas entrando y saliendo con su equipaje, autos acercándose a dejar o recoger a personas, vendedores a la entrada en caso de que olvides llevar una colación para tu viaje, todo se ve normal. Selecciono el video de ayer, pero por alguna razón se ha dañado y no se puede abrir el archivo. La verdad a esta altura sigo sin sorprenderme, cómo podría ser tan fácil recurrir a una fuente de fácil acceso e investigar esta situación extraña.

Una vez que regreso a casa una vez más para tratar de pensar en alguna solución, me preparo algo de cenar, pues pasé el día entero afuera y me acomodo en la sala para ver algo de televisión. Los canales siguen proyectándose correctamente, por lo que al encontrar un programa de mi agrado lo dejo y procedo a comer. Una vez terminado mi emparedado, me quedo mirando la televisión hasta quedarme dormido.

Al día siguiente, me despierto poco antes de la hora usual, reviso la casa pero sigo siendo el único aquí. Salgo de nuevo para ver si hay algún cambio, pero al menos el vecindario aún continúa sin señales de vida más que la mía. Me dirijo hacia el centro e igual no hay rastros, o eso creo. Me acerco a los locales hasta encontrar una cafetería que por alguna razón está abierta. Pregunto si hay alguien pero el silencio me contesta por sí mismo. En el mostrador parece haber un poco de pan dulce de hace días, pero aún está en buenas condiciones así que decido tomar uno como desayuno, total no creo que le moleste al dueño. Recorro las calles pero es igual al día anterior. Decido acudir a la estación de policías para revisar las cintas de estos días. Sin miedo a ser descubierto fuerzo la entrada a la estación y al cuarto de cintas, para proceder a hacer lo mismo que el día anterior. Busco las grabaciones del día antes de la desaparición de todos y me anonadado de lo que encuentro. La grabación marca las once de la noche con cincuenta y nueve minutos y se puede apreciar a los oficiales en turno trabajando en sus escritorios o conversando entre ellos. Justo cuando la hora marca la medianoche hay una ligera estática que traba la imagen y después de unos segundos, la imagen se aclara y no queda nadie como si se tratara de un acto de magia. Adelanto el video con la velocidad máxima de reproducción y la imagen permanece igual, lo único que cambia es la hora. Llego a la grabación de ayer y me encuentro con la misma imagen desde la desaparición de los oficiales hasta que noto algo extraño. La hora de la grabación se salta dos minutos enteros de un segundo a otro. El video estaba cortado y editado por lo que alguien más debió haber estado aquí ayer u hoy. Saco de mi mochila una memoria USB y la conecto al computador para guardar los vídeos, recojo mis cosas y salgo sigilosamente de cuarto en caso de que haya alguien. Al salir de la estación tomo mi bicicleta y me encamino a volver a casa, tratando de mirar hacia todos los lados en caso de que alguien me observara o siguiera.

Justo antes de abrir la puerta de mi casa alcanzo a percibir un movimiento dentro de la casa de Rosa. Dejo la bicicleta en el suelo y tomo un trozo de madera vieja antes de dirigirme hacia la entrada de mi vecina. Intento ver a través de la ventana pero no logro vislumbrar algo con certeza. Abro la puerta y entro, poniendo en alto la madera como protección, con la esperanza de que no se truene en caso de que me encuentre con alguien con la intención de atacarme. Me adentro en la casa lo más lento y silencioso que puedo, pero las tablas del piso me traicionan con su crujir a medida que las recorro. Reviso el primer piso, pero sigue tal como el día anterior, vacío. Comienzo a subir las escaleras e intento buscar nuevas señales de otras personas, pero fracaso. A pesar de conocer a Rosa desde que era un niño, nunca antes había conocido el segundo piso de su hogar. Entro a las habitaciones para corroborar mi soledad y al entrar en un a de ellas me encuentro con el estudio.

Creía conocer a mi vecina por todo el tiempo que pasamos juntos, pero al parecer no del todo. Esta habitación se encuentra completamente a oscuras con muebles con mínimo cincuenta años de edad. Las paredes están cubiertas de fotos y recortes de periódicos viejos con leyendas que relatan desapariciones. Los libreros y el escritorio se encuentran repletos de álbumes y diarios de los años setenta que al parecer contienen la historia de su esposo. Hasta este momento lo único que conocía de él era que había sido el oficial principal del pueblo en su época de joven, era muy temido por los niños, pero también respetado y apreciado por los adultos que vivían aquí de acuerdo a lo que me contaron mis abuelos y la señora Rosa, por supuesto. Lamentablemente desapareció en una de sus misiones antes de que él y su esposa tuvieran hijos, razón por la que Rosa accedió tan fácil a cuidarme cuando nací, pues me veía como el hijo que no tuvo. Tomé uno de los diarios del escritorio, le quité un poco el polvo de la cubierta y me senté en el sillón frente a la ventana para leer un poco. Era extraño, pues en un principio mencionaba desapariciones de personas no conectadas entre sí, hasta que mencionaba un hecho similar al de ahora. En uno de los pueblos de los alrededores, ocurrió lo mismo.


Comentarios


©2019 por Letras. Creada con Wix.com

bottom of page